Empecemos por lo básico: ¿qué es el consentimiento?
El consentimiento es el acuerdo libre, informado y entusiasta de dos o más personas para hacer algo juntas. En el contexto sexual, significa que todas las personas implicadas quieren participar, lo dicen de forma clara y pueden cambiar de opinión en cualquier momento.
Parece sencillo, pero hay mucha confusión alrededor de este concepto. Y esa confusión tiene consecuencias reales.
Lo que el consentimiento NO es
Antes de explicar qué es, vale la pena desmontar lo que mucha gente cree que es:
No es silencio. Que alguien no diga «no» no significa que esté diciendo «sí». La ausencia de negativa no es consentimiento.
No es pasividad. Si alguien no reacciona, está paralizado/a por el miedo o simplemente no responde, eso no es un sí.
No es algo que se da una vez para siempre. Haber consentido algo antes no significa consentirlo ahora. Cada situación, cada vez, necesita su propio consentimiento.
No se puede dar bajo presión. Si alguien accede porque se siente obligado/a, asustado/a o manipulado/a, eso no es consentimiento real. Es coerción.
No lo da la ropa, el lugar ni el contexto. Ir a casa de alguien, vestir de una forma determinada o haber coqueteado antes no implica consentimiento para nada más.
Entonces, ¿cómo es el consentimiento real?
La forma más fácil de recordarlo es con el acrónimo FRIES, usado en educación sexual:
- Freely given — dado libremente, sin presión
- Reversible — puede retirarse en cualquier momento
- Informed — sabiendo exactamente qué se está consintiendo
- Enthusiastic — con ganas reales, no solo tolerancia
- Specific — para esa situación concreta, no para todo
Si alguna de estas cinco condiciones falla, no hay consentimiento. Así de claro.
¿Cómo se pide el consentimiento sin que sea raro?
Esta es la pregunta que más miedo da. Muchos jóvenes sienten que pedir permiso «corta el rollo» o que hace la situación incómoda. Pero la realidad es justo la contraria: preguntar es una señal de madurez, de respeto y, francamente, de inteligencia emocional.
Algunas formas naturales de hacerlo:
- «¿Te apetece…?»
- «¿Estás cómodo/a con esto?»
- «¿Quieres que sigamos?»
- «¿Esto está bien para ti?»
- «Para. ¿Cómo estás?»
No hace falta que sea una conversación formal ni que suene a protocolo legal. Puede ser una pregunta breve, dicha con calma, en el momento. Lo importante es que sea genuina y que escuches la respuesta de verdad.
¿Y cómo se da el consentimiento?
Dar consentimiento también es una habilidad. No siempre es fácil decir claramente lo que quieres o no quieres, especialmente si tienes miedo de decepcionar a alguien o de que la situación se ponga tensa.
Algunas claves:
Di lo que sientes, no lo que crees que el otro quiere oír. Si no tienes ganas, decirlo es lo más honesto y lo más sano para los dos.
Practica decir no sin dar explicaciones. «No me apetece» es una respuesta completa. No necesitas justificarte.
Escucha tu cuerpo. Si algo no te sienta bien aunque no sepas exactamente por qué, eso también cuenta. No tienes que ignorar esa señal.
Recuerda que puedes cambiar de opinión. Aunque hayas dicho que sí al principio, tienes todo el derecho a parar cuando quieras. Y si alguien no respeta eso, el problema es de esa persona, no tuyo.
¿Qué pasa cuando el consentimiento no está claro?
Si tienes dudas sobre si la otra persona está cómoda o no, para y pregunta. Siempre. Es mejor interrumpir un momento y preguntar que continuar y hacerle daño a alguien, aunque no sea tu intención.
Y si eres tú quien no está seguro/a de lo que quiere, también puedes pedirlo: «Necesito un momento», «No sé si quiero seguir», «Para un segundo.» Esas frases son válidas y cualquier persona que te respete las aceptará sin problema.
Consentimiento digital: sí, también existe
El consentimiento no es solo físico. En la era de los móviles y las redes sociales, también aplica a:
- Compartir fotos o vídeos íntimos de otra persona
- Reenviar conversaciones privadas
- Publicar imágenes sin permiso
- Presionar a alguien para que mande fotos
Compartir contenido íntimo de alguien sin su consentimiento no es solo una falta de respeto: en muchos países, incluido España, es un delito. Si alguien te presiona para que mandes fotos o amenaza con difundir imágenes tuyas, puedes y debes pedir ayuda.
Si algo no salió bien
Si has vivido una experiencia en la que no hubo consentimiento, ya sea algo que te hicieron a ti o algo en lo que participaste sin estar seguro/a, es normal sentir confusión, culpa o malestar. Hablar con un psicólogo puede ayudarte a procesar lo que pasó sin juicios y a recuperar tu bienestar.
Lo que pasó no te define. Y no tienes que gestionarlo solo/a.
En resumen
El consentimiento no es un trámite ni un freno. Es la base de cualquier experiencia sexual sana, respetuosa y real. Pedirlo no es incómodo, es necesario. Darlo con claridad es un acto de respeto hacia ti mismo/a. Y retirarlo siempre es válido, sin importar el momento.
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